miércoles, 18 de octubre de 2017

Hoy habla la luna*



Ellos aún no lo saben.

Desde aquí arriba, siempre estática y siempre en constante movimiento, los observo. Siento sus inquietudes, sus dudas, sus alegrías; desde lo más profundo brillan sus sonrisas y lloran sus miradas. Y yo, yo lo veo todo.

Me inquieta que se dejen sorprender por mi postura, siempre la misma desde otra perspectiva, y por mi luz, la que reflejo pero no tengo.

Y pienso. 

Para posturas y luces que apreciar la de sus solitarios pensamientos; esas mentes activas con las que cruzo mil ideas cada noche y con las que comparto los sentimientos más íntimos y puros que me ofrecen, entre infinitos silencios, a ratos más que desgarradores.

¿Y son ellos los que se admiran al mirarme?


Yo no me canso de observarles aunque ellos aún no lo saben.




*Texto propio escrito como pie a una fotografía de @pepefotografia 
  La imagen utilizada en esta entrada la he fotografiado yo misma.

Dice mi bola negra que.


Y bla, bla, bla…

PERFECTA – LUÍS RAMIRO

La primera vez que escuché esta canción lo primero que sentí fue pena por la protagonista de la historia, e inmediatamente después, sentí la misma pena hacia mí. La entendí demasiado bien para lo poco que me hubiera gustado comprenderla.

Ya de adulta, con mi metro cincuenta de altura, he pesado desde 85 quilos, pasando por 58, 64 y hasta 51 quilos. Y de todas las maneras, paso por delante del espejo y me critico, me detesto y hasta he llegado a odiarme. Porque aunque el peso haya variado, la cabeza parece que no cambia su (mala) manera de funcionar.

Lo deseé durante muchos años, quedarme en unos cincuenta y tantos – sesenta y pocos quilos podía ser la solución a muchísimas de las cosas que me sucedían y otras que me rondaban por la cabeza que no me aportaban nada bueno. Pero, una vez conseguido después de mucho esfuerzo y hambre (resultado de una “mega-dieta”), resulta que NO. ¿Y cómo es que no? Ni idea. Ni idea hasta que te das cuenta de que no depende de un número de quilos. Depende de una mala gestión mental y emocional que tenía que seguir haciendo y que iba a ser algo más complicado que un año de estricto control alimentario.

Y entonces aquí estoy, 7 años después escribiendo sobre el problema que no he sabido nunca solucionar.
Hoy estoy dando un ¿siguiente paso?, aún no estoy segura de ello. Pero estoy haciendo algo que todavía no había conseguido hacer. Escribir sobre ello, ordenarlo en palabras plasmadas en una pantalla, llevarlo más allá de mi cabeza. Quizás así consigo amasarlo una vez más, de una manera distinta, y suavizarlo.
No lo sé.
Esperemos.
Ojalá.

¿Qué pasa, cómo me siento y qué me digo en ciertos momentos?
Pasar, muchas veces, no pasa nada relevante. Aceptable.
Sentir, me siento en ciertas ocasiones impotente. Mejorable.
Y decir, no me digo prácticamente nada bonito. Inaceptable.

Y es que todo depende del día, las ganas, los ánimos y la mirada que me echo al despertar, desde hace unos 25 años aproximadamente.
En mi cabeza se pasean libremente una serie de pensamientos y comentarios desafortunados recibidos que desearía que no hubieran existido nunca, pero con los que convivo hace ya mucho tiempo:
Ese pantalón me aprieta, “Se está poniendo muy gordita, Pepi (mi madre)”, un top no, que se me ve la barriga, “ella que no baile con nosotras que está gorda”, hoy no voy a poder saltar el potro, “¿quieres gustarle a los niños? ¿Y si adelgazas?”, ¡una foto, ponte detrás del resto!, qué vergüenza comer delante de los demás…, “los chándales son para los deportistas”, a él tampoco le gusto ni le gustaré, se me marca demasiado el cuerpo, mejor de color negro, algo más ancho, así no llamaré demasiado la atención, yo detrás que no se me vea, “es muy simpática”, qué horrible estoy, ¡Mierda! ya llega el verano, una camiseta interior me hará sentir más cómoda, ¡No! tirantes nunca, con estos brazos…, “¿Vamos de compras? No, yo hoy no puedo (no quiero salir llorando del probador)… Entre otros tantos. Tantos como para encontrar mi zona de confort en la comodidad de no destacar, de ser semi-transparente o transparente entera.

¿Superficial? También me lo he dicho y reprochado infinitas veces, nadie va a ser el primero en comentármelo. De hecho, nadie me juzga con tanta dureza como lo hago yo conmigo misma. ¿Por un problema de peso? NO. Por un problema de coco.

Porque es el coco el traicionero, el que me juega las malas pasadas y el que me manipula para hacerme creer que lo que pienso es lo absoluto y verdadero, no siendo siempre así.

Y como la chica de la canción con la que empiezo la entrada me tapo los brazos hasta el día más caluroso de agosto porque tienen estrías.
Uso camiseta interior los 365 días del año para apretar mi barriga y que no se tambalee como un flan.
Visto de negro mayoritariamente, porque me gusta, sí, pero también porque disimula curvas y “michelines”.
Uso bikini desde hace 5 años y en lugares a poder ser íntimos o poco habitados para evitar exponerme a miradas que no tendrán ninguna intención pero que yo interpretaré como juiciosas hacia mi cuerpo.
Me sitúo la “última de una lista” (ficticia) de entre todas las mujeres del planeta, por no tener que perder ningún puesto (ficticio) a ojos de los demás ni de los míos.
Me avergüenza enseñar mi cuerpo por primera vez a cualquier persona.
Siento seguridad avisando de mi peso y del poco gusto que le tengo a mi físico si alguien tiene que conocerme en persona (mi bandera).
Nunca me creí capaz de conseguir conquistar a las personas que me gustan. (¿Yo? pero quien te has creído, Tere, si lo que ven es detestable).
No me hago fotos casuales. Medidas, recortadas y con posturas a veces realmente complicadas para que no se marque la barriga, el muslo ancho, el brazo gordo o mi poca estatura. Así que mejor, detrás de todos.
Conseguí que me agradara mi cuerpo por partes. A modo de puzle, pero nunca entero, que se ven todos los desperfectos.
En la cama… (¡Ay! la cama y el sexo…). Esa postura no, que la imagen es horrible; ahí que no mire; ahí que no toque; en eso que no se fije; poca luz, por favor; ¿tapados con las sábanas?; ¡Madre mía, la de estrías que se ven!; ¿Y si no le atraigo lo suficiente?... En definitiva, estoy más pendiente de lo que se ve de mí que en el disfrute que provoca la unión de dos cuerpos que se desean. Pero es que me cuesta tanto creer que mi cuerpo es deseado…
Dos quilos más que hace un mes representan 30 quilos en mi cabeza. Y a taparse con la ropa menos atractiva que encuentre.
Me veo y me reflejo en personas que pesan 140 quilos, yo soy algo así (aun pesando 60). Distorsión mental, soy consciente de ello, pero ¿cómo se cura?

Mirándome y remirándome no lo he conseguido.
Adelgazando no lo he conseguido.
Juzgándome no lo he conseguido.
Hablándolo no lo he conseguido.
Madurando no lo he acabado de conseguir.
¿Escribiendo sobre ello conseguiré algo?

Me quiero, claro que me quiero.
Pero no acabo de aceptarme. Ni de bajar el listón para no ponerme como objetivo una utopía (un cuerpo bonito, esbelto y sin todas estas estrías que lo rayan).

Poco a poco.
¿Otros 25 años más?
No lo sé.
Esperemos que no.
Ojalá antes.

lunes, 16 de octubre de 2017

Tú, porque


Te quiero en mis curvas.
En mis cicatrices.
En mis pliegues.
En mis adentros.
En lo que ves bello.
En lo que de mí no soporto.
En mis neuras.
En mis alegrias.
Te quiero en cada centímetro de mi piel.
Porque cuando tú me miras, me hablas o me tocas, 
mientras tanto, yo me curo.

lunes, 2 de octubre de 2017

La simpática del grupo (II)


18 años, mi rol (cómodo, ¿por qué no?) de la simpática del grupo y la lucha continua entre amor y odio hacia mi cuerpo (y mente, que también acaba resentida como consecuencia de lo físico ¿...o viceversa?).

Una edad en la que vas madurando aunque todavía la carta de presentación con más importancia es una imagen exterior, después ya se preocuparán en conocerte algo más allá de eso, pero sobre todo, la imagen tiene que encajar en el perfil del grupo/entorno en el que te mueves.

Previo a esto, a los 16 años cambié mi círculo de amistades (no todas). Ese curso empecé a estudiar bachillerato en un nuevo instituto. Hasta el momento sólo había pisado una escuela, desde los 4 hasta los 16 años, así que cabe decir que fue algo "traumático" por mi falta de experiencia en cambios de este tipo. No me ayudó en exceso, aunque por otro lado era completamente necesario. Conseguí adaptarme y hacerles ver a todos mis nuevos compañeros ese rol tan establecido que yo ya tenía interiorizado y aprendido de memoria tan bien. Evidentemente, para mi desgracia, encajó a la perfección. Así que mi nuevo círculo de compañías ya tenía hecho el fichaje de la simpática del grupo sin ni siquiera haberlo ellos podido ni valorar, para mí era extremadamente más cómodo llegar con mi etiqueta (auto-impuesta) que pasar de nuevo por el proceso en el que se te va asignando, con lo que todo ello representa.

Voy a hacer un resumen de lo que pasó (a efectos reales vistos por todos) hasta mis 35 años:
Obtuve mi título de Bachillerato con una repetición de por medio, conocí otros ambientes y “tribus urbanas” con las que pasé gran parte de mis tardes (primero) y noches (después), mis primeros trabajos remunerados para poder costearme mis gastos, borracheras, conciertos, me saqué un Ciclo Formativo de Grado Superior en Educación Infantil, hasta ahora tres chicos besados, los primeros porros, implicación en movimientos políticos de tendencia Okupa, el tanteo con las drogas, exámenes, manifestaciones, fiestas populares, risas con muchísimas personas (algunas de siempre y muchas otras nuevas que aparecían y desaparecían de mi vida por diferentes circunstancias), el disfrute de una beca Erasmus en Holanda, quedadas de amigas, quedadas con amigos, un título universitario de Magisterio de Lenguas Extranjeras, un ciclomotor con el que me movía hacia todas partes, viajes, mi primer coche, una gran familia, unas oposiciones,  mi trabajo como maestra con niños a lo largo de 10 años, un novio estable (una relación de también 10 años, ¿será casualidad?), pérdida de 25 quilos de peso, amantes, amistades consolidadas, amistades “des-enemistadas”, personas increíbles, una cuenta en Twitter, personas indeseables, tres pisos en los que he vivido (uno con pareja y los otros dos yo conmigo), escapadas, más fiestas, mi primera entrada en prisión (como profesional), un trabajo como maestra de adultos y un compañero de vida mientras queramos acompañarnos.

Es decir, había pasado de niña adolescente a mujer, con éxito (¿por qué no decirlo?) y ya estaba “preparada para la vida adulta”. 

Pero lo que en esa época también pasó, y que no era visible por casi nadie, eran las imágenes y mensajes mentales que yo me iba dando y que, en parte, provocaban que yo no acabara de sentirme orgullosa de mí misma prácticamente nunca aunque tuviese infinitos motivos para hacerlo.


Y bla, bla, bla… Escribo. Borro. Escribo. Borro. Escribo. Borro. Borro.


…acabo de darme cuenta que, siendo ésta la cuarta vez que re-empiezo esta entrada para darle forma, estoy evitando por todos los medios escribir lo que realmente quiero decir; lo irracional, lo duro de rascar, lo que remueve y lo que me hace estar delante de la pantalla explicándoselo a vete a saber qué personas y por vete a saber qué motivo. Esa puta bola negra que llevo conmigo desde hace tanto tiempo y que sé que le tengo que poner palabras, dejarla en ridículo ante mis ojos y reírme con y de ella. Pero no sé si quiero hacerlo, no sé si quiero ser tan cruda conmigo por escrito, siempre ha sido más que suficiente decirme lo que me digo y no sé si voy a ser capaz de escribirme-lo (porque sí, todo esto me lo escribo, digo y repito exclusivamente a mí misma).


Así que me doy una tregua. No voy a empezar esta entrada por quinta vez. 

He decidido que la bola negra merece su propia entrada.